Por Rosana Garcia Torrelles.

Narra una antigua leyenda que llega del lejano oriente que las personas destinadas a tener un lazo afectivo están conectadas por un “hilo rojo”.

El pensamiento Akáshiko nos corrobora esta idea, ya que en cada encarnación el ser humano tiene la posibilidad de saldar karma y generar dharma a través de sus acciones con los demás.

Por ello se va construyendo una trama de hilos rojos tan perfecta que le proporciona a todos los seres desde su nacimiento el contexto  ideal para su mayor perfeccionamiento.

Todos los seres siempre encarnan dentro de un mismo grupo álmico. Por eso existe un archivo Akáshiko familiar, constituido por información de disposición colectiva.

Es así que encarnación tras encarnación los seres cambian de papel dentro del entorno y se repiten situaciones recursivamente  dentro del mismo paradigma, para que estas almas que están predestinadas a reunirse en la tierra puedan lograr definitivamente el objetivo de ser un mejor ser.

Entonces, en el transcurrir de la vida el hilo rojo de cada persona con cada persona, se va acercando más y más, hasta que las vidas se tocan y provocan en el mejor de los casos, un vínculo  a trascender entre ellas.

Así es que al encontrarse estas almas reconocen una cierta familiaridad que obedece a esos contratos de orden Akáshiko firmados antes de volver a transmigrar.

Estos encuentros álmicos son como soplos mágicos y de gran expansión a nivel espiritual. Son momentos portales en el tiempo-espacio, donde los seres reactualizan la oportunidad maravillosa de reparar situaciones dolorosas y transformarlas en superación amorosa. Aquí encontramos almas de hermanos, amantes, familiares cercanos, amigos e incluso padres.

Por ello se dice que aunque una persona desconozca su origen familiar el hilo rojo se estrecha tanto hasta que los reúne, a pesar de que se omita el vínculo de relación.

El universo provee siempre la posibilidad de remediar errores. Aunque los vínculos sean nocivos o dolorosos. Siempre son actos predefinidos dentro de la misión de co-crear una realidad para la mayor expansión de los involucrados.

Es decir que todos los seres conforman un entramado perfecto de relaciones recurrentes que van mejorando con los tiempos. Este entramado tejido con hilos rojos es protegido por seres muy elevados que amorosamente custodian el dictamen del universo.

Se dice entonces que entre las personas existe este hilo rojo que está atado a su dedo meñique.

No esta errado el concepto simbólico dado que si es llevando a otro orden de sabiduría oriental, el dedo meñique representa al elemento agua  y por ende alude a las emociones. Más aun, el dedo meñique permite establecer interacción con otros seres humanos a nivel social, grupal y familiar. Es el dedo que permite relacionarse correcta y sabiamente. Y por último, se tiene que el meñique tiene asignado el segundo Chakra.

La leyenda oriental nos relata que cierto día, llega a oídos de un joven emperador el secreto dato de que una bruja muy sabia tenía el poder de ver el hilo rojo que une a las personas por el meñique. Rápidamente, el emperador ordeno traer a su palacio a la bruja.  Cuando la tuvo enfrente le pidió que le indicara quien sería su esposa. La bruja lo lleva a dar un paseo siguiendo el hilo rojo para encontrar la otra punta. El paseo culmino en un mercado lleno de gente sencilla, entonces la bruja le señala a una humilde campesina con una pequeña bebé en los brazos, y le dijo al emperador: -“bien mi señor, aquí está la otra punta de su hilo rojo”. Desorientado el orgulloso emperador se irrito entendiendo que era un acto osado y burlón de la bruja, por eso la manda a detener con sus guardias. Y aun no contento, lleno de ira, empujo a la humilde mujer y hace caer de sus brazos a la bebé provocándole una herida en su frente. Decepcionado y nada arrepentido por lo que hizo, el emperador continua con su soberbia vida.

Ya entrado en años le llega al emperador el momento de tomar en matrimonio a la hija de un hombre muy trabajador que llego a ser un reconocido general de su ejército. Así es que llega al fin el día de ver a su prometida y ese momento era en la boda misma. Entonces llega a su encuentro en el templo una muchacha con un grandioso vestido de novia y un velo muy ornamentado que le cubría el rostro, tal lo establecía la tradición. El emperador queda emocionado por la presencia, y entonces llega el instante en que levanta el velo de la joven, y observa feliz de que era hermosísima, pero se impacta al ver que  tenía una seña muy particular, la bella muchacha llevaba consigo una cicatriz  en la frente.

Namasté, mi alma saluda a tu alma.

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